martes, 21 de octubre de 2014

RENACE LA ALEGRIA. #YOSOYDOMUND, por Javier Salazar Sanchis

En la segunda lectura del pasado Domingo escuchábamos el inicio de una carta de san Pablo. Es suficiente para darse cuenta de que, en los textos del Apóstol, todo rezuma amor a Dios. San Pablo escribe siempre desde Dios, por eso inicia sus epístolas deseando la gracia y la paz de Dios. El Apóstol entiende la absoluta primacía de Dios en nuestra vida y que sin la ayuda divina no podemos nada. Lo que el Espíritu Santo construye en el corazón del hombre es la paz y la paz es la consumación de la acción de Dios en nosotros. Por eso, para san Pablo todo parte y se consuma en Dios. San Pablo en seguida da gracias a Dios. Es también algo frecuente en sus cartas. No sólo habla de Dios sino que es capaz de reconocer la acción de Dios en los demás. Aquí tenemos una enseñanza muy interesante y oportuna, porque a veces nos convertimos en especialistas teóricos de las cosas divinas pero absolutamente incapaces de descubrir las maravillas que Dios obra en las personas. San Pablo reconoce la acción de Dios en la Iglesia de Tesalónica y da gracias. En su acción de gracias subraya dos aspectos: la fe y el amor. De alguna manera san Pablo viene a decir en la carta que se mantienen en la fe porque su amor es verdadero. Por eso son capaces de resistir en medio de la tribulación. En la descripción que hace de cómo se aman: “de cada uno por todos y de todos por cada uno”, se nota que el Apóstol apunta a un amor en Jesucristo.

Esta actitud de san Pablo me estremece porque está en las antípodas de comportamientos demasiado frecuentes en nuestro tiempo. Competimos por ser considerados los primeros y desconocemos la santidad oculta que Dios hace florecer en tantas partes. Para nosotros es una invitación a querer a todos aquellos que forman parte de la comunidad concreta en que vivimos nuestra fe. Sin caer en ningún sentimentalismo, que no deja de ser algo pernicioso, podemos reflexionar sobre el interés concreto que tienen para nosotros los católicos con los que, habitualmente, celebramos nuestra fe. Porque, de hecho, muchas veces nuestra perseverancia se sostiene en el testimonio y la cercanía de otros fieles.

Celebrábamos el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe, el Domund. La transmisión de la fe se hace a cada persona, aunque se pueda y se deba organizar cosas en grupos. El contrastar la fe con otros nos enriquece y ayuda, pero la vivencia de la fe es personal. Mantener la confesión de la fe es un don que debemos pedir cada día al Señor. Nadie puede vivir mi vida cristiana por mí.

Los misioneros se acercan a las personas, una a una, y van formando comunidades de creyentes. Y cada comunidad está formada por personas. No me imagino a un misionero poniendo un cartel en un pueblo del centro de África que diga: “Cuando haya setenta personas interesadas en seguir a Cristo, llamen al teléfono tal y tal”. Van conociendo a uno, luego a otro, después a otro. Y los que confiesan la fe tienen la alegría de reunirse con otros que también quieren seguir a Cristo.

No olvidemos nuestra labor misionera. Tal vez no viajemos a China, ni tal vez salgamos de nuestro pueblo, pero ese hijo tuyo que se está distanciando de Cristo, ese vecino, aquel amigo, tu esposo o tu esposa…, esos son el pueblo al que Dios te envía y al que tienes que anunciar que han sido justificados en Cristo pues “cargó con los crímenes de ellos”. “El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.”
Hoy tenemos que preguntarnos si nos interesa que los demás conozcan a Jesucristo, reciban el don de la fe o nos basta con salvarnos nosotros mismos; si realmente valoramos el don de la fe y no solamente para nosotros, sino para cualquier hombre o mujer de cualquier lugar, raza o condición. Si sólo nos preocupa nuestra salvación vamos por mal camino, “porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. No podemos pasarnos la vida discutiendo si somos más o menos importantes, si lo nuestro es mejor camino para ser santos que lo del vecino, que si tú o yo vamos a sentarnos más cerca del Señor en el cielo. Voy a decir una burrada, ¿De qué valdría nuestra salvación si nos salvamos solos.? Tenemos que tener ansia de que mucha gente conozca el Evangelio. Que lo conozcan en nuestra familia, entre nuestros amigos, entre los conocidos e incluso hasta nuestro párroco. Y esa expansión del corazón hace que deseemos también que se conozca a Cristo en todos los rincones de nuestra tierra. Seguramente nosotros no tendremos posibilidades o vocación de irnos a predicar el Evangelio a rincones lejanos, pero podemos apoyar a los misioneros con nuestra oración, con nuestra aportación, con nuestra cercanía de hermanos por llevar a cabo la misma tarea.

Que nuestra madre la Virgen bendiga a todos y cada uno de los misioneros y misioneras que van anunciando la fe por tantos lugares del mundo. Le pedimos hoy a la Virgen María, madre de las misiones, que cuide y proteja a todos, que fomente muchas llamadas a ser misioneros o misioneras y a nosotros nos de esa auténtica preocupación por extender el Evangelio a todos los rincones del mundo.
Padre Javier Salazar Sanchis
Miembro del Consejo Diocesano de Misiones de Toledo