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martes, 8 de octubre de 2019

Feliz en la misión: nueve años en Perú de Julio Alonso Ampuero

Julio Alonso Ampuero, sacerdote de la diócesis de Toledo, es misionero en Lurín, Perú. Se trata de una, diócesis en la que, desde hace más de 20 años, está volcada la misión diocesana de Toledo. Julio habla de su alegría por cumplir nueve años en la misión.


“Voy a cumplir nueve años en Perú”, cuenta, “probablemente los mejores de mi vida sacerdotal. Confieso durante horas y horas. Predico la Palabra de Dios a los pobres que tienen más hambre de Dios que de pan. Transmito consuelo en nombre de Cristo. Soy testigo de los milagros que la gracia de Dios realiza constantemente. El Señor, por medio de mi ministerio, sana corazones desgarrados y venda sus heridas…

¿La única desazón? Que no se llega. Que la mies es mucha y los obreros pocos. Que faltan manos para hacer el bien, labios para predicar y consolar en nombre de Jesús, corazones para amar gratuitamente a los más desfavorecidos y humillados…

He ido a dar. Pero es mucho lo que recibo. Ante todo, porque el Señor te da el ciento por uno. Además, porque eres feliz cuando te desgastas por amor. Pero están también las ‘añadiduras’: los pobres son agradecidos y te rodean de afecto. Hay sonrisas que valen un Potosí. Hay detalles que colman el corazón…

Puedo deciros que soy feliz en la misión. Si algo falla es por mi impotencia y por mi falta de generosidad. Pero también esto se lo entrego al Señor y Él suple.

Tan solo os pido que no cerréis el corazón a la misión ni a los pobres. Amad, amad mucho, cada día, con gestos concretos. Orad, orad intensamente. Sed desprendidos de vuestros bienes y compartidlos con los más necesitados. Enseñad a vuestros hijos y nietos a ser generosos. Y evangelizad: sí, evangelizad a tiempo y a destiempo…”.

Fuente: OMPress

jueves, 21 de diciembre de 2017

Tres nuevos sacerdotes para Lurín (Perú)


Desde la Diócesis de Lurín (Perú), el Padre Julio Alonso Ampuero, misionero diocesano de Toledo, nos informa que cuando la solemnidad de la Inmaculada declinaba ya en Toledo, en Lurín (Perú), donde hay seis horas de diferencia, comenzaban a vivir otro milagro del Señor: la ordenación de tres nuevos sacerdotes.

En efecto, el día ocho, a las cuatro de la tarde, tenía lugar la ordenación de Edgard, Ángel y Martín. Son un don de Dios para esta diócesis de Lurín, todavía tan necesitada de la ayuda de los sacerdotes de Toledo y de otros lugares.

Ha sido una hermosa fiesta. Como la catedral es pequeña y no podría acoger a los numerosos fieles que participarían, la celebración tuvo lugar en la parroquia Niño Jesús. Con el obispo diocesano concelebraron casi la totalidad de los sacerdotes que ejercen su ministerio en esta diócesis. En un clima de fe, y a la vez muy emotivo, cada uno de los diáconos dio su sí a Cristo para compartir su sacerdocio como presbíteros. Un sí para ser sacerdotes santos. Un sí para ser despojados de todo y revestirse de solo Cristo, humilde, obediente, célibe, pobre, orante... Un sí para ser pastores que gasten su vida en el servicio de evangelizar a todos, especialmente a los más pobres y a los más alejados. Un sí para construir la Iglesia, para embellecerla dando la vida por ella.

Ser en el mundo transparencia de Cristo, ser encarnación del amor de Dios hacia cada persona, ser rostro visible de Aquel que busca apasionadamente a cada hombre: esa es la razón, ése el ideal.

Para Toledo esta ordenación significa también un recoger frutos del empeño misionero que comenzó en el año 1994. En aquella fecha, con el impulso del cardenal Don Marcelo, se inició una misión diocesana en el sur de Lima, actual diócesis de Lurín. Desde entonces han sido numerosos los sacerdotes y laicos toledanos que han colaborado con esta Iglesia particular. En la actualidad somos tres los sacerdotes que seguimos prestando nuestro servicio en ella.

Desde hace trece años una de las responsabilidades encomendada es el seminario. Son ya quince los sacerdotes ordenados formados en él. Un número importante, pero insuficiente para atender esta diócesis, que cuenta con más de dos millones de habitantes y sólo unos ochenta sacerdotes, parte de los cuales son misioneros venidos de otros países.

Damos gracias a Dios por estos tres nuevos sacerdotes, don inestimable, y compartimos este gozo con nuestra diócesis de Toledo, a la vez que pedimos al Señor que esta ordenación se convierta en llamada al sacerdocio para otros jóvenes, y en llamada a la misión para los sacerdotes de Toledo.


martes, 24 de noviembre de 2015

Testimonio misionero: EXPIAR y REPARAR, por Julio Alonso Ampuero

Julio Alonso Ampuero en el centro, junto a voluntarios (Foto de archivo)
Cárcel de menores varones. Hay chicos desde 14 años. Son más de 800. En el sector donde toca hoy son unos 70-80. Los que han ingresado en el último mes.

Tras los saludos, oración guiada, con la ayuda de algún canto. Los chicos cierran sus ojos y entran en la oración. Piden perdón. El nuevo director –reticente en permitir nuestra entrada- se asoma por curiosidad: queda asombrado ante lo que ven sus ojos.

Es domingo. Ahí mismo celebramos la misa. El Señor Resucitado se hace presente con todo su poder. Receptividad de los jóvenes, que absorben todo como esponjas.

Después de la misa, se hacen grupos, con un texto sencillo para reflexionar. Mientras los laicos con quienes voy llevan la reunión, yo confieso. Todos quieren acercarse al sacramento. Hasta los no bautizados quieren confesar. Previamente, la coordinadora les ha explicado que el sacerdote no puede decir nada… aunque le maten.

Fuera de la confesión, uno de los jóvenes me lanza a bocajarro:     
            -Padre, ¿está bien ayunar?
            -¿Por qué lo dices?, le respondo
          -Porque yo siento necesidad de expiar y reparar [no usó estas palabras, pero eso fue lo que dijo] el mal que he hecho. A veces no desayuno y estoy sin comer hasta el mediodía. Y alguna vez he ayunado el día entero…

Yo me quedo sin palabras. Solo sé darle un abrazo y decirle:
            -¡Adelante!

Una vez fuera, he sentido vergüenza de mí mismo, de mi poco sentido de expiación y reparación, de la poca conciencia de la gravedad de mis pecados. Yo no habré cometido los delitos que él, pero he recibido mucha más gracia: por eso, mis pecados son en comparación mucho más graves. Y tal vez, si yo hubiera tenido unas circunstancias como las suyas, probablemente habría caído mucho más bajo que él…

Sí, una vez más, los pobres me evangelizan… Verdaderamente, los publicanos y las prostitutas nos llevan la delantera en Reino de los Cielos...

Julio Alonso Ampuero
Diócesis de Lurín (Perú)